Jonathan Dettman

"El cisne": Delmira Agustini

El texto que sigue fue parte de una respuesta a una de las preguntas de mi examen de candidatura, en la que se me pidió identificar y analizar el poema “El cisne” de Delmira Agustini, situándolo dentro de la tradición literaria de su época. La falta de referencias exactas remite a las circunstancias del examen.


“El cisne” de Delmira Agustini se considera un texto subversivo respecto a la tradición modernista en la que la poeta uruguaya buscaba insertarse. Agustini es asociada a veces con Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, otras poetas que la crítica ha denominado “postmodernas.” Estas poetas, aunque muy diversas entre sí, comparten las circunstancias de ser mujeres en un mundo poético dominado por los hombres y por no encajar, por ésa y otras razones, ni en el modernismo ni en las vanguardias que vinieron después. Agustini, por ejemplo, aunque es, quizás, la más modernista de las poetas mencionadas, no suele incluirse en el canon modernista, en parte porque era muy joven, incluso con respecto a la llamada segunda generación modernista. Storni, por su parte, aunque era muy leída, no encontró un espacio propio en el mundo literario argentino porque no se conformó con la estética dominante del momento. En aquel entonces prevalecían las ideas de Girondo, Borges y Ocampo. Borges, con su proclividad vanguardista a hacer declaraciones en contra de otros escritores, describió la poesía de Storni como “chillonería de comadrita” por su sentimentalismo, su tono a veces estridente y sus claras posiciones ideológicas. Afortunadamente, no toda la crítica está de acuerdo con Borges, y algunos críticos han insertado a Storni en una tradición muy importante de literatura femenina contestataria con raíces en el famoso “Hombres necios que acusáis…” de Sor Juana Inés de la Cruz.

Refiriéndome más específicamente a Delmira Agustini, hubo una tendencia muy marcada a representarla como una niña, tanto por su joven edad como por un cierto paternalismo por parte de la crítica. Estoy seguro de que se podría llevar a cabo una rica investigación psicológica de la crítica de la época; la yuxtaposición de la imagen infantilizada de la poeta niña con sus versos muchas veces eróticos da mucho en qué pensar. Hay que reconocer que fue Emir Rodríguez Monegal uno de los primeros en señalar el constante “aniñamiento” de Agustini. Su análisis de la crítica temprana de la poesía de la uruguaya tiene el mérito de aclarar que la imagen de niña no era tan sólo obra de la crítica, sino que también fue cultivada por la poeta misma, como estrategia de enmascaramiento que le permitía enfrentar tanto un mundo que no la aceptaba como una poeta seria como a una madre dominante e inestable. Que Rodríguez Monegal la convierte luego en otro tópico modernista, la mujer fatal, o pitonisa, que se escondía tras una fachada infantil, no reduce la importancia de su hallazgo.

Tras este descubrimiento, Sylvia Molloy ha podido descifrar un importante intercambio de cartas que Agustini sostuvo con Rubén Darío. Siendo gran admiradora del poeta nicaragüense, Agustini le mandó una carta, no como fan, sino como poeta que luchaba con problemas artísticos. Lo que Agustini buscaba eran consejos de un colega mayor sobre cómo sobreponerse a la angustia de fallar (como todo poeta) en el intento de trasladar los sentimientos a la página escrita. Lo que Darío le mandó como respuesta fue una carta en la que le dijo a Agustini que se tranquilizara, y que contenía la condescendiente aseveración que las mujeres poetas no sabían sentir el peso del genio encima de sus hombros. La segunda carta de Agustini es de tono más ligero, aparentemente inocente, pero contiene una burla del paternalismo de Darío. Agustini se describe a sí misma como una niña; eufórica al recibir la respuesta del Maestro, se había sentado con una muñeca y un dulce para leer la carta en su cama, rodeada de ositos de peluche, o algo así. Esto permite ver que había “cuentas pendientes” entre Darío y Agustini (por lo menos desde la perspectiva de ésta última), lo cual hace posible leer algunos de los poemas posteriores de Agustini a contrapelo de la estética modernista. Trataré de señalar algunos ejemplos de esto en “El cisne.”

En cuanto a su forma y su lenguaje, “El cisne” sigue muchas de las convenciones modernistas. Hay una atención al metro y a la sonoridad o musicalidad de los versos. El cisne es un motivo típico, reincorporado a la poesía moderna por los simbolistas. En la primera estrofa aparece una metáfora compuesta que puede considerarse típica también del simbolismo y que enmarca la lectura del resto del poema: ojo/lago/espejo/página. Esta metáfora asocia el lago con la lectura, la palabra escrita y la autocontemplación o autoexpresión. La siguiente estrofa enlaza la última palabra de la primera para construir la metáfora pensamiento/flor/alma/cisne. Así se establece que el lago/la poesía es donde habita el cisne/el espíritu (utilizo “espíritu” aquí en el sentido alemán–Geist–que puede significar tanto alma como pensamiento o intelecto).

Leda, de Maxmilian Pirner

Lo que sigue es una transformación parcial del cisne, que aparece con atributos humanos (“pupilas humanas”, “filtros dos veces humanos”, etc.). Esta humanización del cisne ya subvierte los códigos parnasianos, según los cuales el cisne representaría el ideal puro de la belleza, la poesía o la divinidad (como en el mito de Leda). Luego presenciamos la erotización del cisne, ora con el color rojo, ora con el uso de símbolos fálicos (“pico quemante”). Finalmente, el cisne y la voz poética se copulan en una escena que rompe con las representaciones contemplativas de la escena de Leda y el cisne (como la que escribió Darío). En vez de ser un mero observador pasivo, la voz poética es un sujeto activo que participa del sexo. De cierto modo, también el cisne deja de ser el típico representante de la sexualidad masculina que suele verterse en la hembra, pues ése recibe su color y su substancia del deseo femenino. En el código modernista, las mujeres son siempre pasivas, cuando no medio muertas como las enfermizas mujeres prerrafaelitas. “El cisne” invierte la típica relación binaria macho/hembra, otorgándole el papel activo a la mujer.

Asimismo, es posible leer el poema de una manera que trasciende por completo esa relación binaria. Al final del poema, el cisne y la voz poética quedan claramente demarcados por la diferencia de color (“¡El cisne asusta, de rojo, / y yo, de blanca, doy miedo!). Pero si entendemos el cisne de la forma aludida, como una representación del pensamiento o del espíritu de la poeta, es posible ver el poema como una fantasía autoerótica: el espejo del lago (el poema) refleja el sentimiento de la poeta. En este círculo cerrado la voz poética se autosatisface. Aunque tenga que escribir “al margen del lago claro”, o sea, fuera del canon modernista, la poeta es autosuficiente. De este modo, “El cisne” contrapone el autoeroticismo femenino al voyeurismo masculino preferido por los modernistas y, especialmente, por Darío en su poema sobre Leda.

En uno de sus poemas llamado “Nocturno”, Agustini es aun más explícita sobre su intención de subvertir los códigos modernistas. En ese poema, la voz poética asume la corporalidad de un cisne y rompe violentamente en un típico tableau modernista: el lago cristalino bajo las estrellas. El cisne cruza el lago, manchando su pureza con un rastro de sangre–imputando de nuevo el color rojo al cisne, normalmente níveo–que contamina la puesta en escena tranquila.

El cisne

Pupila azul de mi parque
es el sensitivo espejo
de un lago claro, muy claro!…
Tan claro que a veces creo
que en su cristalina página
se imprime mi pensamiento.

Flor del aire, flor del agua,
alma del lago es un cisne
con dos pupilas humanas,
grave y gentil como un príncipe;
alas lirio, remos rosa…
Pico en fuego, cuello triste
y orgulloso, y la blancura
y la suavidad de un cisne…

El ave cándida y grave
tiene un maléfico encanto;
clavel vestido de lirio,
trasciende a llama y milagro!…
Sus alas blancas me turban
como dos cálidos brazos;

ningunos labios ardieron
como su pico en mis manos;
ninguna testa ha caído
tan lánguida en mi regazo;

ninguna carne tan viva
he padecido o gozado:
viborean en sus venas
filtros dos veces humanos!

Del rubí de la lujuria
su testa está coronada:
y va arrastrando el deseo
en una cauda rosada…

Agua le doy en mis manos
y él parece beber fuego,
y yo parezco ofrecerle
todo el vaso de mi cuerpo…

Y vive tanto en mis sueños,
Y ahonda tanto en mi carne,
que a veces pienso si el cisne
con sus dos alas fugaces,

sus raros ojos humanos
y el rojo pico quemante,
es solo un cosne en mi lago
o es en mi vida un amante…

Al margen del lago claro
yo le interrogo en silencio…
y el silencio es una rosa
sobre su pico de fuego…
Pero en su carne me habla
y yo en mi carne le entiendo.

-A veces ¡toda! soy alma;
y a veces ¡toda! soy cuerpo.-
Hunde el pico en mi regazo
y se queda como muerto…

Y en la cristalina página,
en el sensitivo espejo
del algo que algunas veces
refleja mi pensamiento,
¡el cisne asusta, de rojo,
y yo, de blanca, doy miedo!

Nocturno

Engarzado en la noche el lago de tu alma,
diríase una tela de cristal y de calma
tramada por las grandes arañas del desvelo.

Nata de agua lustral en vaso de alabastros;
espejo de pureza que abrillantas los astros
y reflejas la cima de la Vida en un cielo…
Yo soy el cisne errante de los sangrientos rastros,
voy manchando los lagos y remontando el vuelo.

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